“El Tiempo, una medida al alcance de tu gestión”

Reloj2Todos, sin excepción, tenemos tiempo. Sí, has leído bien. Todos tenemos 24 horas al día para hacer lo que queramos/podamos hacer. Y cada una de esas horas nos brinda 60 minutos para concretar aún más, si cabe, cada acción que se nos ocurra o nos encomienden hacer. Hasta ahí, todos somos bastantes semejantes….

La diferencia, entre nosotros, surge al comparar ¿Qué hace, y cómo, cada cual, con el tiempo del que dispone? Unos andan de aquí para allá como si les persiguiera una bestia de la cual parecen no poder zafarse. Otros, por el contrario, andan sosegados y, a diferencia de los anteriores, parecieran haber hecho un pacto, con esa misma bestia, para no ser “molestados” salvo en contadas ocasiones…

Muchas veces me pregunto ¿Qué hace que pidamos algo a alguien que ya tiene en su haber 1.000 tareas contribuyendo a que ahora afronte 1.001 cuando a su alrededor, existen otros, que parecieran no tener nada que hacer o disponer de una lista aparentemente menor? Lo cierto es que lo hacemos y, más cierto es aún que, parece que apostemos bien, pues ¡somos correspondidos!, lo que nos lleva a repetir con la misma persona cuando surge otra ocasión (Lo único que aparentemente hacemos es buscar una respuesta allí donde sabemos que la tendremos garantizada, ¡sin más!…)

Como pasa con todo en la vida, las personas también nos diferenciamos, unas de otras, en lo que se refiere a la relación que mantenemos con el tiempo. Para algunas de ellas esta relación parece ser más que cordial, permitiéndoles disfrutar de lo suyo y los suyos además de cumplir con lo que otros les requieren. Para otros, sin embargo, esta relación parece estar algo maltrecha pues les hace respirar una profunda insatisfacción, independientemente de su procedencia (propia o ajena).

El tiempo es simplemente una medida, por lo que no podemos alargarlo o acortarlo a placer, ¡al menos en el sentido literal de la palabra! Otra cosa es percibir cómo puede andar a paso de tortuga, o volar como una gacela, dependiendo de la situación que atravesemos en cada momento.

Se trata, pues, de administrar lo que tenemos, pero sobre todo la cuestión pasa por establecer con el tiempo una relación que nos permita desarrollar nuestras vidas de la mejor forma posible. Hablo de gestionar una medida universal a nuestro favor y no en nuestra contra. Hacer del tiempo un aliado y no un enemigo. Jugar con él cuando sea preciso y tratarlo con seriedad cuando así lo merezca el momento, la tarea, la situación,…, que estemos viviendo.  

Nos engañamos, entonces, al decir que “No tenemos tiempo”, pues todos disponemos del mismo… Debiéramos, en ese caso, especificar que “No lo hemos gestionado debidamente y/o acorde a las circunstancias del momento”.

Nos engañamos también cuando hablamos de ladrones que nos roban el tiempo, pues cada cual tiene el suyo y es por ello, que debiera “defenderlo”, administrarlo, gestionarlo mejor. Habría que preguntarse, en estos casos, si, en más de una ocasión, puede que uno mismo ejerciera  de  “ladrón”…

No tenemos toda la responsabilidad, ni sobre los sistemas de los que formamos parte, ni sobre las relaciones que establecemos con los demás, ¡es cierto!, pero sí tenemos toda la responsabilidad sobre otras muchas cosas que nos competen y dependen única y exclusivamente de nosotros. Ahí es dónde deberíamos empezar a actuar, desde ese 100% de responsabilidad del que sí tenemos control absoluto.

Gestionar el tiempo es una de las claves de nuestro Desarrollo y Mejora personales. Nos ofrece un abanico de posibilidades a la hora de crecer, pues marca la diferencia entre ser y llegar a ser. Quien gestiona bien su tiempo no sólo llega a ser más productivo sino que también consigue ser más feliz.

¿Cómo mejorar la gestión del tiempo?

 

Existen muy diversas alternativas para ello, no obstante, no deja de ser una cuestión difícil de contestar, pues lo que a unos puede funcionar a otros no. Pero, en mi opinión, es cuestión que pasa, en primer lugar, por reflexionar acerca de varios asuntos:

 

¿Cuál es mi relación actual con el tiempo?

¿Es un enemigo o, por el contrario, es mi aliado?

¿Es una medida que yo mismo gestiono o que dejo que otros gestionen por mí?

¿Fomento una relación de “amistad” con el tiempo o, por el contrario, fallo reiteradamente al dejar en manos de “otros” la responsabilidad de esta relación?

 

Este trabajo de reflexión podría descubrirte las claves para mejorar tu gestión del tiempo…, forma parte de ese 100% de responsabilidad tuya y sólo tuya, sobre la que puedes actuar, por lo que… ¿A qué estás esperando?

Una Declaración de Gratitud

gratitud

Quisiera dedicar este post a las casi 30 personas que asistieron el pasado 25 de Febrero al taller: “¿Cómo se adapta al cambio un superviviente?”, en las instalaciones de la EEC (Escuela Europea de Competencias).

Lo primero, mostraros mi agradecimiento por vuestra enorme participación, pues sin ella, esta experiencia no habría resultado ser como fue. Habría sido de otra forma, ¡de eso no hay duda!, pero lo cierto es que todas y cada una de las personas que acudisteis, con vuestra forma de ser, de sentir y de expresar, plasmada en cada una de vuestras aportaciones, moldeasteis con vuestra impronta todo cuanto aconteció en la sala durante las 3 horas que duró el taller y es por ello que disteis lugar a una experiencia nueva que, si bien pudiera parecerse a otras en algunos detalles, nunca será totalmente igual…¡Gracias!

 Es famoso el dicho: “De bien nacido es ser agradecido”. Agradecer, como sonreír, son acciones que hacen sentir bien, que ayudan a ser más feliz, no sólo a la persona que las realiza sino también a quién las recibe:

 

  • Para quien agradece, es un acto que le honra, pues muestra reconocimiento sincero del favor, bien o beneficio producido por la atención, cuidado o ayuda recibida.
  • Para quien recibe el agradecimiento, es un acto que le ayuda a ser más consciente, si cabe, de la valía implícita en sus gestos y de la utilidad que pueden llegar a tener sus acciones para los demás.

Es por esto último que podríamos concluir que la persona que agradece, contribuye sobremanera al desarrollo y mejora de aquéllos a quienes da las gracias, ya que es capaz con este sencillo gesto, de elevar la autoestima de quienes reciben su agradecimiento, incitándoles a seguir ofreciéndose a los demás tal y como han hecho con él.

Agradecemos algo a alguien

  • cuando nos hace un favor,
  • cuando hace suya nuestra inquietud (¡aunque sólo sea por un momento!),
  • cuando nos ayuda con cualquier acción que no podríamos acometer por nosotros mismos (bien por limitación de capacidad, bien por desconocimiento de alguna cuestión, bien por desgana o apatía,… ),
  • cuando nos respalda,
  • cuando confía en nosotros,
  • cuando nos da una oportunidad
  • cuando nos defiende,
  • cuando nos cuida,
  • cuando nos sonríe,
  • cuando nos acompaña,
  • cuando nos hace feliz,…

¡Hay tantas ocasiones para dar las gracias!

 ¿Qué hace que no demos las gracias en más ocasiones?

¿Puede ser que, a veces, sencillamente pensamos que no es necesario agradecer aquello que “debe” hacerse?

¿Puede ser que, a veces, el cómo ha sentado el agradecimiento a quien lo recibió, nos haya hecho desistir de volver a intentarlo?

¿Qué o quiénes hacen que cambie nuestra interpretación de lo que sencillamente supone “agradecer algo a alguien”?

La declaración de gratitud es uno de los actos lingüísticos (según Rafael Echeverría) que nos ayuda a generar acción por medio del lenguaje. Somos lo que expresamos y nos expresamos tal y como somos, y por el camino, mostrar gratitud, nos ayuda a mejorar, pues eleva nuestra confianza en los demás y hace que estos últimos sean capaces de creer más, en ellos mismos.

Se hace necesario, por esta razón, no perder la oportunidad de seguir evolucionando y contribuir con ello al desarrollo de los demás con este sencillo, y a la vez, valiosísimo gesto que pone de manifiesto el enorme valor y generosidad que existe en las personas que saben dar y que saben recibir, de buen grado, las GRACIAS.

GRACIAS a ti, que ahora lees este Post, porque eres la razón por la que yo lo escribo…

El ejemplo como forma de influencia

<<Una mujer llevó a su hijo en presencia de Gandhi, quien le preguntó que qué quería de él:

“Me gustaría que usted hiciera que mi hijo dejara de comer azúcar”, respondió la madre.

“Vuelve a traerlo dentro de dos semanas” – replicó Gandhi.

Dos semanas más tarde, la mujer regresó con el muchacho. Gandhi se volvió hacia él y le dijo: “Deja de comer azúcar”.

La mujer miró a Gandhi sorprendida y preguntó: “¿Por qué he tenido que esperar dos semanas para que le dijera eso?”

“Hace dos semanas yo también estaba comiendo azúcar” – replicó Gandhi.>>

 

Andaba releyendo uno de mis libros estrella y que, desde aquí, os recomiendo (”La PNL en el trabajo”. Sue Knight), cuando volví a toparme con esta historia que, si en su día ya me inspiró, esta vez volvió a hacerlo e incluso en mayor medida. Tanto es así, que ha favorecido la creación de este post.

Cuando lo leí por primera vez pensé que enseñarle algo a alguien cuando tú lo has experimentado con anterioridad, facilita sobremanera el aprendizaje. Cuando se ha vivido y sentido algo en propia carne, se adquiere habilidad suficiente como para describir paso a paso y detalle a detalle cómo se hizo; qué podría, y no, ocurrir la próxima vez; cómo podría resolverse de otra manera,…, y un sinfín de cosas más, que haría que quiénes observaran y escucharan con atención, trataran de repetir la experiencia, ¡incluso con el propósito de obtener mejores resultados!. Y es que no encuentro mejor forma de influir en los demás, que a través del ejemplo.

¿Cuántas veces has querido parecerte a alguien?

¿Cuántas veces has sentido admiración por la forma en que alguien expresaba lo que quería, o lo que sentía, con suficiente propiedad, elegancia, convicción y con el deseo sincero de compartir contigo su experiencia?

¿Cuántas veces has tratado de emular el comportamiento, la conducta, las acciones,…, que has visto realizar en estas personas, tan sólo por la satisfacción y felicidad con la que eran capaces de impregnar el espacio en el que se hallaban?

¿Cuántas veces el ejemplo observado, te ha influido y te ha hecho ser consciente de que si otros lo hicieron, por qué no ibas a hacerlo tú?

A veces, nos empecinamos en que las cosas se hagan o se digan de una forma determinada, ¡aún cuando nosotros mismos no hemos sido capaces de hacerlas o decirlas de esa manera!. ¿Qué nos lleva a reclamar en otros, actitudes, comportamientos, conductas, acciones,…, que nosotros no hemos sido capaces de abordar? ¿Por qué, para nosotros, sí tiene justificación el no haberlas llevado a cabo en modo, contenido y forma y, sin embargo, para los otros no?

En mi opinión, somos verdaderos expertos en la búsqueda y elaboración de excusas propias, ¡somos virtuosos!, diría yo, y además lo hacemos con una rapidez inusitada. Muchas veces, me pregunto: ¿Qué sería de nosotros mismos y de los demás, si los excusáramos con la misma energía que empleamos en nuestra propia defensa?. Una forma de facilitar esta tarea pasaría por mantener la creencia de que “Cada persona decide lo mejor dentro de sus posibilidades del momento”. Es ésta una de las creencias mantenidas por personas que destacan en lo que hacen y que consiguen con eficacia los objetivos que se marcan. (Una de las conclusiones a las que llega la PNL al estudiar a personas consideradas como modelos de excelencia y, por tanto, ¡a imitar!)

He resaltado mantener porque, aunque esta creencia no tiene por qué ser cierta, sí se debe sostener o presuponer cuando se interactúa con los demás, si se pretende estar un poco más cerca de la excelencia, pues facilitará todo un set de nuevas posibilidades a partir de las cuales, observar e interpretar con nuevos ojos, las acciones y razones, de aquéllos que nos rodean.

Llegados a este punto, resaltar que estamos ante uno de esos casos en los que el pensamiento sistémico alcanza todo su apogeo, pues nuestro desarrollo y mejora personales son capaces de influir en el desarrollo y mejora personales de aquéllas personas a las que inspiramos con nuestro ejemplo. Pero, es que ese efecto causado en los demás ¡también nos será devuelto!, pues nos motivará a seguir trabajando en nuestro desarrollo y mejora, ahora más conscientes si cabe, del poder de nuestra influencia sobre los demás. 

Año Nuevo, Nuevos Propósitos

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Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo… Si quieres algo, ve por ello”, le decía un padre (caracterizado por Will Smith) a su hijo, en la película: “En busca de la Felicidad”… ¡No encuentro mejor frase para empezar este año que asoma…!.

Son muchos los propósitos que solemos hacernos antes de comenzar un nuevo año:

Este año haré más deporte.

 Este año dejaré de fumar.

 Este año me cuidaré más.

 Este año comeré sano.

 Este año trabajaré menos y mejor.

 Este año aprenderé inglés.

 Este año pasaré más tiempo con mis amigos (y/o mi familia).

 De este año no pasa hacer ese viaje pendiente.

 Este año cumpliré (alguno de) mis sueños…

Soy de la opinión de que todo propósito que expresemos, sirve de motor para estimular nuestro Desarrollo, puesto que el proceso de actuar comienza con la formulación de un deseo. No obstante, el hecho de desear, aunque necesario, no es suficiente para conseguir lo que se anhela…

El camino hacia la consecución de un objetivo no es, por definición, ni corto, ni largo, puesto que dependerá, entre otras cosas, del objetivo en cuestión y de cuán preparados estemos (¡en todos los sentidos!), para conseguirlo. No obstante, a veces, ¡y teniéndolo todo para alcanzarlo!, nos hallamos ante un camino del que parece que sólo vemos el inicio y, nunca llegamos a vislumbrar el final… ¡Es más!, en esos casos, es frecuente llegar incluso a experimentar que pareciera que ni tan siquiera nos moviéramos….  

Esto ocurre cuando se empieza a perder confianza en uno mismo y en nuestra capacidad, y la cuestión no pasa porque no podamos hacerlo, sino más bien, porque nos dejamos llevar por aquéllos que se afanan en recordarnos ¡lo difícil que es lo que nos estamos proponiendo!… Llegados a este punto, convendría reflexionar sobre algunas cuestiones que bien podrían ayudar a resolver esta “inesperada” situación:

¿QUÉ entiendo por difícil?, ¿PARA quién o quiénes resulta difícil mi objetivo?, ¿PARA la persona que me lo dice? ¿PARA mí mismo? De ser esto último,¿DÓNDE veo la dificultad?

Y es que, somos expertos relatando y vaticinando “fracasos”, por lo que no es del todo inusual encontrar a alguien que te diga “¡no podrás lograrlo!”, por la sencilla razón de que probablemente él mismo tampoco pudo hacerlo… Se hace necesario, entonces, observar con mayor perspectiva e incluir mayor número de puntos de vista a cada cuestión, pues el hecho de que existan personas que no hayan alcanzado sus objetivos, ¡no significa que uno no pueda lograr los suyos!.

La actitud que manifestamos ante cada acción que emprendemos, marca la diferencia que existe entre cada uno de nosotros y es reflejo del éxito o fracaso que obtendremos. La persona que actúa motivada e inspirada, ¡jamás tendrá sensación de fracaso!, ¡aún cuando no haya alcanzado su objetivo!, pues todo lo que experimente a lo largo del camino, le supondrá encontrarse cada vez más cerca de su objetivo y, por tanto, del “éxito” que persigue.

Cuando quieras conseguir algo, tienes que creer en ti y sacar lo mejor de ti para lograrlo. No obstante, si empezaras a dejar de creer… (¡pues es posible que en algunos momentos ocurra!), rodéate de personas que, con sus palabras, sus gestos, sus acciones y su energía, te inspiren a seguir esforzándote por cumplir tus sueños. Esa inspiración alimentará de nuevo tu autoestima y ésta te proporcionará, de nuevo, fuerzas para seguir adelante.

Si de verdad ansías alcanzar lo que te has propuesto, tendrás que elegir de antemano la actitud que vas a adoptar para lograrlo (¡independientemente de lo que pueda ocurrir a tu alrededor!), pues de ella dependerán los resultados que obtengas, así como el grado de satisfacción que éstos te vayan reportando…, así que  Si quieres algo, ve por ello…”

 

Descubriendo mi YO

Autoconocimiento1Una cosa que me ha impactado … es que antes de conocer a los demás, me tengo que conocer a mí mismo”. Esta fue la reflexión que compartió uno de los participantes de un taller en el que trabajamos la resolución de conflictos en el ámbito escolar, y que hoy da entrada a este post.

La pregunta sobre la que hoy te invito a reflexionar es:  ¿Cómo conocer a los demás, sin antes conocernos a nosotros mismos?

Conocernos es, sin duda, una difícil tarea, pues requiere un profundo ejercicio de autocrítica constructiva y grandes dosis de humildad y generosidad para con uno mismo. Se trata de adentrarnos, sin reservas, en un mundo, ¡el nuestro!… (o, al menos, eso creemos nosotros, pues olvidamos que los demás también tienen su propia percepción de “nuestro” mundo y puede ocurrir que ambas percepciones resulten ser bien distintas…)

De lo que no hay duda es de que, independientemente de quién proceda la percepción, en ese mundo nuestro existen muchas cosas que nos gustan y de las que nos mostramos orgullosos, pero también existen un buen puñado de ellas que no dudaríamos en eliminar si tuviéramos a mano una buena goma de borrar, de esas que no dejan huella…. Se trataría, sin duda, de una salida rápida y fácil pero … ¿sería ésta una alternativa a considerar? Debieran responder quienes, en alguna ocasión, decidieron optar por ella.

El caso es que la realidad nos demuestra una y otra vez que, aún cuando algunos se afanan por ocultar ciertos aspectos que no les agradan de su mundo, lo cierto es que, al final, éstos acaban emergiendo de la forma más accidental e inesperada que pudiéramos imaginar…

¿Cómo, pues, resolver esta “molesta” cuestión?

Aceptar nuestro lado “bueno” es cosa sencilla. El asunto se complica cuando se trata de aceptar aquello que no nos agrada tanto, nuestro lado “menos bueno”. Sin embargo, este “otro” lado de nuestro YO, es tan importante como aquél del que estamos orgullosos, pues ¡también nos identifica!, ya que integra nuestro ser, completando nuestra identidad. No seríamos lo que somos sin él, pero tampoco llegaríamos a ser lo que queremos ser, sin contar con él. Lo cual nos llevaría a concluir que este lado “menos bueno” representa, sin duda, una parte de nuestra potencialidad.

Como suele ocurrir con un paciente, hasta que no se diagnostique una enfermedad, no se puede prescribir el tratamiento que mejor se adecúe a su dolencia, por lo que y, aplicado al caso que nos ocupa, si no reconocemos ese lado, menos bueno, que también nos caracteriza, no podremos ponernos manos a la obra para mejorar, cuanto antes, y de la forma que mejor se adecúe a nuestros objetivos, nuestras vulnerabilidades y/o carestías.

Esta actitud que conlleva el reconocimiento y la aceptación de uno mismo, tal como es, no hará sino contribuir a elevar nuestra autoestima pues seremos más conscientes de:

  • nuestra valía, al conocer y aceptar la existencia de fortalezas que nos aportan valor, a nosotros mismos, y a las personas con las que nos relacionamos;
  • nuestra capacidad, al conocer y aceptar la existencia de debilidades que podemos mejorar, para seguir evolucionando y favorecer así, nuestro Desarrollo, personal y profesional.

Y ya que eres libre para elegir la alternativa que más te convenga, ¿a qué esperas?…

¿Optas por esconder, en el lugar más recóndito imaginado, todo aquello que te “molesta” de tu persona, o, por el contrario, eliges enfrentarte a ti mismo y conocer hasta dónde podrías llegar con los “mimbres” de que dispones?